Tomas ilegales de colegios un asunto de educación familiar

Década del 70, mi hermano con solo 12 años cursaba 1° año en el Colegio Nicolás Avellaneda y yo tenía solo ocho años. Por ese entonces las cosas no diferían demasiado de hoy: sindicalistas haciendo política con la vida, políticos corruptos y alumnos tomando escuelas.

Mi hermano tomó la escuela, y aún recuerdo como si fuera hoy que mi padre quizá recordando sus aspiraciones juveniles, no solo apoyaba a mi hermano en la toma, le llevaba abrigo y comida.

Uno de esos días en que mi padre estaba cargando el auto con frazadas y víveres, yo lo observaba desde la puerta de casa. Con mis escasos ocho años, le dije:

Si mi hijo toma una escuela, le meto una patada en el culo.

Mi padre se enojó conmigo, me gritó que me meta adentro de casa rematando con un: “no sé a quien carajo salís así”.

Con los años no cambié mi postura, mi hijo (que va a un colegio privado) me preguntó cuál sería mi reacción si él tomara el colegio, le dije que nunca iba a tomar un colegio, porque lo cagaba a patadas en el culo.

Mi padre era un soñador peronista, un inocente que creía en los relatos y engaños que comenzaron en 1947. Nunca lo vi desilusionado con un peronista, cuando llegaron los Kirchner ya había fallecido, pienso que si el hubiera estado, la grieta familiar se habría profundizado.

Las tomas las veo con tristeza, ¡cuantos adolescentes sin límites! Pero claro, la mala educación del hogar no es cuestión del Siglo XXI, es un problema de toda la vida.