La angustia de una autora estresada

Desde 2010 vengo con períodos que parecen guionados en el mismo infierno: mi separación, mi mudanza con mi madre que estaba con una grave enfermedad cognitiva, la posterior internación de ella, tres mudanzas en el medio, el fallecimiento de mi madre, la depresión de mi hijo, y como final a toda orquesta, mi cáncer de mamas que en la operación hubo un problema que desde hace dos meses, me dejó una neuropatía en el nervio radial, lo que me imposibilita la movilidad de mi mano derecha, limitándome solo a poder usar el dedo anular y el meñique. Claro, con todo esto tenía que terminar con antidepresivos.

No soy una autora que crea en las inspiraciones permanentes, de hecho solo tuve una inspiración en mi vida con muy buenos resultados. Creo en el trabajo, pero para realizarlo tiene que haber voluntad.

La voluntad es un bien preciado y escaso en este mundo. Yo siento que trabajamos de manera automatizada, pero como mi trabajo no está relacionado a la escritura, ni siquiera es el motor para escribir. Amo mi blog, y aún así a veces lo abro y pienso ¿de qué escribo?

Vuelvo a la inspiración, quizá en tiempos del Dante era corriente, porque los artistas vivían paseándose por castillos prestados, disfrutaban de las bondades de la nobleza sin tener las obligaciones, pero hoy estamos con la cabeza en medio de muchos billetes que no llegan, y con los pocos tenemos que cubrir deudas y obligaciones.

Desde hace unos días, tengo una esperanza. No fue una epifanía pero sí la capacidad de poder ver a tres personas como personajes. Quizá sea la punta para encontrar a la autora perdida, poder volver a ser yo, en un mundo de ficción donde puedo ser feliz, y si no lo es, puede que esté nuevamente en el camino de la esperanza, de hacer lo que me gusta.